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El futuro de la educación

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Esta entrada nace como respuesta al carnaval de blogs, propuesto en el blog Internet en el aula, red social docente para una educación del siglo XXI, cuyo tema es El futuro de la educación.

Imaginar cómo será la educación en diez o veinte años depende mucho de nuestra experiencia personal al respecto. Esto quiere decir que, si te encuentras en el primer mundo, la imaginarás de una manera, pero si estás en el tercer mundo, tendrás que poner los pies en la tierra de forma muy dura, como es el caso de cientos de colegas docentes latinoamericanos.

La cuestión educativa en países que van arrastrando problemas serios de acceso a libros e infraestructura aún en el siglo XXI, deberá tender a dar esas mínimas posibilidades a cientos de comunidades que, a duras penas, pueden contar con un maestro para alumnos de diversos grados. Si el salto se piensa dar del “no tener nada” a digitar una computadora, la cuestión no es así de fácil como suena. Las comunidades atrasadas tecnológicamente, lo están, por cierto, económica y socialmente. Esto va ligado a una incomprensión total de los avances que ya están altamente desarrollados en algunos puntos del planeta, y me refiero asuntos como la falta de apoyo en los hogares, al mal manejo del equipo que se pueda facilitar (ligado a la ignorancia de los cuidados que requiere un material electrónico) y también al saqueo del que son víctima fácil instalaciones educativas vulnerables que no cuentan ni siquiera con servicio de vigilancia.

Imaginar, por tanto, si seguiremos usando libros de texto, podría convertirse en “usaremos” libros de texto, probablemente, los desechados por otros usuarios estudiantiles del mundo. En ese sentido, no se puede hablar de una generalización de soportes digitales conectados pues, posiblemente, en muchos países latinoamericanos, los roles de estudiantes y docentes apenas si habrán variado.

No es mi deseo sonar pesimista. Personalmente trabajo con todos los adelantos y facilidades del mundo digital. Enseño a estudiantes de avanzada, que cuentan con toda clase de dispositivos electrónicos, al igual que yo. Ellos pertenecen a las clases privilegiadas del país, y yo a los profesores privilegiados también. Es solo que esto no me vuelve ciega de los problemas con los que deben luchar, día a día, miles de niños y adolescentes del tercer mundo, nativos de tierras olvidadas, donde no hay luz ni medios de transportes adecuados que los ayuden a llegar, tan siquiera, a unas instituciones educativas tristemente olvidadas. Hablo de los docentes que no han contado nunca con una pizarra blanca, y siguen luchando con la tiza, la cual deben ahorrar.

Sin duda alguna, el futuro de la educación deberá ser inclusivo, y va a depender de lo que hagamos hoy, pues de la formación actual dependerá lo que piensen y decidan estos educandos, ya que para entonces serán ellos los que estén trazando la dirección del mundo.

Mi aporte a este carnaval de blogs se enfoca no en imaginarnos cómo será la posición de las aulas en el futuro, sino en que, en ese futuro, se logre posicionar a la mayor cantidad de población dentro del mapa del acceso a la educación, minimizando las diferencias abismales de la actualidad, donde existen miles de niños cuya única preocupación es tener qué comer o madres iletradas a quienes, sumidas en la extrema pobreza, solo les interesa saber si sus hijos estarán vivos mañana.

En el tanto enseñemos a nuestros estudiantes a pensar, a ser críticos, a ser proactivos con respecto a sus congéneres menos privilegiados, los ayudemos a cambiar sus patrones de consumo reconociendo la fragilidad de los ecosistemas mundiales, les abramos los ojos con respecto al consumo responsable, buscando aquellos productos que no sean el resultado de trabajo infantil esclavo, por ejemplo, estaremos entonces trazando una senda profunda y fecunda hacia la distribución sana y auténtica del conocimiento. Sí, grandioso, que se haga utilizando todas las herramientas digitales actuales, pero más grandioso aún cobijando al mayor número de seres humanos bajo la consigna de un mundo más justo, sano y provechoso para todos.

La muerte de cinco estudiantes de undécimo año

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Declaratoria de duelo y de reflexión nacional

Qué triste sombra se tendió sobre un colegio costarricense, y, por ende, de todo nuestro país,  con la muerte de cinco de sus estudiantes.  A raiz de esto, surgen muchas preguntas, muchas reacciones, dudas, resquemores.  Todos culpan al conductor, otros distribuyen responsabilidades, pero pocos, lastimosamente, se ven en el espejo.

Algo, sin duda, ha causado esta tragedia, y no es la eventualidad de un simple accidente.  Los adolescentes son adolescentes, ellos, sin duda, no son capaces de prevenir el peligro que se cierne en medio de una carretera sin tránsito aparente.  Un adulto tal vez les haya dicho “no se paren en media calle”.   Pero no podía, como a chiquitos de kinder, decirles “pasen para adentro ya”.  ¿Cómo intervenir en las serenatas de quinto año?, ¿cómo hacer para mantener una actitud vigilante sin privar a los jóvenes de sus actividades?  La verdad, nada es suficiente en el estado de indefección total que estamos viviendo,

A pocos o ningún muchacho de diecisiete (y menos de dieciocho) le gusta ni tan siquiera “considerar” que padres de familia se hagan presentes en la serenata.  Y lo cierto es que una mínima, una ínfima parte de los padres está dispuesto a asistir.  Tampoco ningún colegio, que yo sepa, legitima la actividad, y, el resultado final de esta mezcla de ingredientes, es que la gran mayoría de las serenatas se da sin supervisión alguna.  Para colmo, no bastando con una, hasta han llegado a ser dos, una de mujeres a hombres, y otra, de hombres  a mujeres.  En esta nueva moda, los colegios privados las han convertido en “fiestas temáticas”, donde se mandan a hacer ropa especial o camisetas alusivas.  Sin embargo, conozco de padres dispuestos a asumir el reto de ir a estos festejos.  Son padres y madres que pasan mala noche, posiblemente, pero que lo hacen con gusto, con tal de velar por los hijos propios y por los ajenos.

Y así ocurre también en muchas fiestas, en las cuales los padres, en vez de hacerse los tontos o “escaparse” un rato, permanecen en sus casas para que se mantengan los límites. No les basta con un “se porta bien”, pues esa frase en oídos de la mayoría de los adolescentes, no tiene ningún significado.  Son personas serias, valientes que asumen el “riesgo” (para muchísimos lo es) de ser llamados polos, anticuados o abuelos. La pregunta es:  ¿pueden evitar una eventual tragedia?  Tristemente, eso no es posible, porque no es en la fiesta o en la serenata en donde radica el mal, es mucho más allá, es en una superestructura que va más allá del individuo.

En este caso particular, el culpable fue un guarda carcelario, es decir, alguien que vigila la seguridad en un centro penintenciario, el mismo que, fuera de su trabajo,  sale y atropella a nueve jóvenes, matando a cinco, y escapa.   ¿Qué siniestra paradoja encierra esto? ¿Será un caso de desdoblamiento de la personalidad? ¿Será que este individuo, que calificó momentos después ante su esposa este quíntuple homicidio como “una torta”, realmente considera lo que hizo dentro de la categoría que tendría quebrar una vajilla? ¿Tendrá que ver algo ese término tan ilegítimamente utillizado hoy llamado “libertad”? Lo digo y reflexiono sobre esto porque en nombre de una supuesta libertad se están cometiendo grandes faltas.  Hoy, como se nos repite constantemente en todos los medios, somos libres de elegir, libres de movernos, libres de ataduras, llámense estas  “trabajo”, “estudio”, “padres” o “compromisos” en general.  Como profesora que soy, les he preguntado a mis estudiantes: ” ¿Cada uno de ustedes necesita un policía para hacer lo debido?”  Ellos, cuando ya me conocen, saben que yo no  estoy dispuesta a serlo, pues mi propuesta consiste en que cada uno se vigile a sí mismo. Es algo que no repito más de una vez a cada generación.  Pero, en la vida cotidiana, ese “vigilarse a sí mismo”,¿lo hacemos?, es decir, hablando en términos educativos, ¿se nos guía para hacerlo desde pequeños para llegar a convertirnos en adultos responsables o se nos muestra un catálogo de reglas cuyo incumplimiento nos hace, simplemente, temer las consecuencias?

Si bien es cierto, vivimos rodeados de reglas (listados de reglas), reglamentaciones, leyes y legislaciones, tambien es verdad que cada vez con mayor frecuencia, en nuestro país se considera como “el más listo” quien decifre, decodifique o como se llame, un “vacío” que permita darle vuelta a lo regulado, reglamentado o legislado y, de ese modo, permitirse el lujo de virlarlo.  Estatal o institucionalmente, todo parece estar consolidado sobre la base de lineamientos más o menos específicos, pero también parece que cada persona buscara la oportunidad de no pagar lo que debe, de no cumplir susdeberes, de defraudar el fisco, de declararse enfermo cuando se está sano, de tomar lo que no es suyo, de ganar a costa de otro, de crear nuesvas ideas, diseños y hasta edificios fumando la famosa hierba, de engañar al confiado, de conseguir testigos falsos, de vender lo que no le pertenece, y de ahí, a los mal llamados males “menores” como no detenerse ante los altos, los semáforos o las personas, no ceder el lugar a los motociclistas, no disminuir la velocidad cuando el accidente es inminente, y pensar que no estamos ebrios cuando en realidad sí lo estamos, y debido a eso corremos el riesgo de cometer cualquier tipo de atrocidad.  ¿Entonces? ¿Es eso libertad? ¿Es libertad escoger el atajo para ganar? ¿Es libertad apoderarse de lo ajeno, engañar, confundir, y todo lo demás mientras “no me atrapen”? ¿Somos libres porque somos diestros en “pedir perdón” en vez de “pedir permiso”?

Suponemos que todo padre de familia desea ver crecer a sus hijos en un ambiente sano y seguro,  anhela que su bebé se convierta en un adulto responsable.  Sin embargo, pareciera, por los hechos, que cada vez hay más provocando lo contrario, pues de otro modo este sería un mundo perfecto.  Pero, aunque todo apunte a lo contrario, no es tarde para enmendarnos.  Cada cual puede, si lo desea, iniciar su propia campaña, sin esperar que se dé (gracias a la iniciativa de otro) un movimiento nacional mágico  que nos lleve a convertirnos en lo que soñamos.  A mí, de momento, me parece necesario, en primer lugar, no dejar una actitud vigilante de parte de quienes deseen tomar cartas en el asunto y continuemos, o comencemos, a poner límites a las actividades potencialmente peligrosas de nuestros adolescentes.  Cambiemos en nosotros lo necesario en nuestra propia vida predicando con el ejemplo.  Coloquemos las piezas sueltas en su lugar, ojalá, un lugar estratégico.  Redoblemos los cuidados, retomemos las discusiones familiares sobre asuntos serios, convoquemos nuestro sentido común fortaleciendo lazos de afecto.

En momentos como estos, no abramos paso al miedo irracional, sino por el contrario, continuemos o empecemos a enfrentar la vida con enérgica valentía, sin evadir responsabilidades que nos atañen a cada uno de nosotros y no a entes fantasmas, los cuales, de todos modos, probablemente requieran de muchísimo tiempo para que tengan efecto, pues esta terrible pérdida de cinco jóvenes prospectos nos ocurrió a todos, y debemos reaccionar cuerda y racionalmente, pero sobre todo, sin dilación.  Cada cual en su casa, enseñe lo que se requiere, pues estamos viviendo momentos en los que los vigilantes de lo nuestro somos nosotros mismos, y eso deben aprenderlo los muchachos aceptando los cuidados de los adultos responsables y, si es necesario imponerles la autoridad de los padres, hacerlo, porque el peligro está en todos lados.

Innovación y tecnología

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Resulta que hay una ola, lo que solíamos llamar hace unos cuanto años “la nueva ola”, de unir dos términos que salen a relucir constantemente en el discurso académico, pedagógico y hasta administrativo:  innovación y tecnología.
Hace no sé cuánto, en donde menos esperaba (un sermón de iglesia) escuché una verdad que tal vez no deseaba escuchar, sencilla, como suelen ser las grandes verdades:  el ser humano no avanza a la velocidad en que lo hace una computadora.  Aquel viejo sacerdote, hoy de grata memoria, explicaba la manera en que la intolerancia imperante está ligada a la velocidad de respuesta en el medio digital.  Esperamos que nos respondan al instante, perdidos como estamos por la inmediatez. Queremos respuestas inmediatas a viejos problemas, soñamos con que, en las millonésimas de segundo en las cuales la tecnología responde a nuestros requerimientos, radica la solución de todo.  En cambio, la persona necesita tiempo para pensar y deliberar.
Filosofando, me parece percibir una cierta conducta mítica en esto: depositar la esperanza en poderes mágicos repentinos. Porque ahora se trata de innovar:  se abren concursos de innovación educativa, se promueven seminarios, se requieren personas, se buscan propuestas, se necesitan proyectos,  TODOS con el adjetivo urgente de “innovadores”.  La cuestión (a lo Pardo Bazán) es “palpitante”.  Y todos queremos ponerle la cereza al pastel.  Todos queremos escuchar de nuestras respectivas, propuestas, de los proyectos y de las ideas, que son innovadoras.  ¿Pero entendemos realmente este término?
La innovación ha estado siempre presente en todo acto humano encausado a enfocar las cosas de manera diferente, y por lo tanto,  nueva.  E igual sucede con la tecnología, un término que en la actualidad nos hace pensar en superficies inteligentes, proyecciones descomunales, comunicaciones impensables, viajes cósmicos, imágenes, películas, sensaciones o inventos que se escapan a nuestro entendimiento.  Pero, de igual modo, la tecnología ha estado presente en la vida del ser humano desde tiempos remotos. ¿Entonces?

Quizá lo que sucede es que innovar, en la era tecnológica, se ha contaminado de la velocidad vertiginosa predominante en nuestro loco mundo.  Por lo tanto, estaríamos frente al casi absurdo de querer crear algo nuevo, es decir, innovar, cada cinco minutos.  El consumismo, hijo dilecto de la producción masiva de bienes y hermano gemelo de la acumulación, presiona el acelerador tras de nosotros de manera implacable.  Corremos, ansiosos, en busca de la novedad.  Nos frustramos si no se nos “ocurre nada”, es decir, si la fábrica de ideas pareciera agotada a ratos, porque se nos pide mucho, rápido y novedoso.

Pero yo creo que no todo es innovación y tecnología como nos la imaginamos, equipos maravillosos, pantallas LCD, Ipads, IPhones, velocidad de internet megafabulosa.  En nuestro ámbito cotidiano, con lo que siempre se ha tenido, es innovador el maestro que logra, con hojas de un árbol, mostrar el camino hacia la superación, con su voz (de la mejor tecnología imaginada) transportar a otros mundos de mágicas civilizaciones, abrir con una llave herrumbrada, la puerta de la vida y, con un empeño digno de la mejor robótica, encabezar un desfile de figuritas, muchas veces no muy bien nutridas, dispuesto a cruzar la cordillera de los Andes por lograr el sueño de la libertad.

La nueva Ortografía de la Lengua Española

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En Costa Rica, se aprovechó la inauguración de la sede de la Academia Costarricense de la Lengua, para presentar el libro de la nueva Ortografía de la Lengua Española.  Recibí una invitación muy especial para presenciar el acto y, gustosamente, acudí.

El viejo edificio, con honestidad, es precioso.  Remozado con estándares  modernos, mantiene el señorío característico de finales y principios del siglo pasado.  En esta atmósfera señorial ycontemporánea, me encontré con la grata oportunidad de conocer y saludar amistosamente  a don Salvador Gutiérrez, Coordinador de esta nueva Ortografía, y a don Humberto López Morales, Director de las Academias y mi maestro virtual durante mis años de estudios en lingüística en la Universidad de Costa Rica.  Estos dos maestros me hicieron el honor de conversar conmigo y de hacer realidad una expectativa que yo creía inalcanzable.

Con don Salvador Gutiérrez, Coordinador de la nueva Ortografía de la Lengua Española

Con mis maestros, don Enrique Margery y don Humberto López

Indudablemente motivada por sus palabras y por los disertaciones de ambos maestros de la Lingüística, me aboqué al estudio de este hermoso ejemplar, cuyas dedicatorias atesoro con gran cariño, y cuyo contenido reafirmó y renovó mis conocimientos.

Dedicatoria de mis maestros, mi gran tesoro

Mesa principal de la ceremonia

Mucho había escuchado sobre lo que “se podía” y no “se podía” usar después de su publicación, pero todo eran rumores.  Por ejemplo, lo de poder escribir Marca de incorrección.keso y otras palabras similares, lo cual era totalmente falso.  En igual condición estaba el famoso Marca de incorrección.hubieron, que jamás va a entrar a nuestro discurso culto.  Confirmé el complemento indirecto regido por “a”, de acuerdo con las enseñanzas de mi maestra en gramática doña Flor Garita, así como mi rebeldía de no tildar los latinismos a menos de que se encuentren totalmente españolizados.  Se nos vino a simplificar la tilde en diacríticos y monosílabos, así como la de los demostrativos este, ese y aquel, salvo contadísimas posibles confusiones.  De igual modo, se eliminó la diacrítica en “solo” y la famosa tilde de la “o” entre cifras.  Sin dejar de citar el mismísimo abecedario, al que libraron de la “ch” y la “elle”.

Hilando un poquito más delgado, debo decir que, según yo supiera, las mayúsculas siempre se han tildado, y “detrás de mí” siempre ha sido lo correcto, en vez de Marca de incorrección.detrás mío. Pero todo esto, a fin de cuentas, lo que ha provocado es un nuevo interés por este tema que parecía anquilosado y, la mayoría del tiempo, odiado.  Es la razón por la cual, en mi humilde opinión, ha sido un gran acierto de los especialistas, colocar de nuevo en la mente de los hablantes, no solo la nueva Gramática de la Lengua Española sino también su ortografía y haber hecho que el lema de la Real Academia se cumpliera como nunca:  Limpia, fija y da esplendor.

Barras libres en San José, Costa Rica

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Un bochornoso sabotaje a la juventud

Hace pocos días La Nación, en su revista de los domingos, Proa, publicó un reportaje sobre las barras libres. Ahora, no solo los padres de familia, sino las autoridades nacionales ya no pueden seguir haciéndose los tontos ante este oscuro negocio.

El artículo nos da todas las pistas.  Denuncia cómo por Facebook (antes por papelitos) se anuncian esas actividades para que nuestros muchachos, NUESTROS MUCHACHOS, con NUESTRO dinero (porque ninguno, que yo sepa, tiene salario) vayan a esas actividades a atiborrarse de guaro hasta caer inconscientes.  Qué negocio tan redondo, porque los chiquillos se emborrachan muy rápidamente, y no consumen lo que pagaron.  Con guaro del más barato, los emborrachan y el vacilón es seguro.  Hasta jóvenes muy cercanos en edad andan en el “negocio”.  Y los papás, unos muy complacientes y otros (espero que hasta el día de esa publicación) muy inocentes, soltando la plata para que vayan.

Qué miedo nos dan los hijos.  Qué miedo preguntar adónde van que necesitan ir en un bus para que no tengamos que saber adónde se meten.  Qué miedo les tenemos a que se enojen, o hagan un berrinche o nos dejen de hablar una semana.  Qué horror tan grande a que hagan una pataleta, no vayan a visitar a los abuelos o se nieguen a acompañarnos a misa.

No señor. Esto no puede estar pasando.  Me niego a creer que los papás seamos tan taraditos como para seguir pensando que nuestros adolescentes de 14, 15 o 16 años están jugando “carritos” y las niñas se entretengan en eso mismo o jugando “muñecas”. ¿En dónde están esos papás y esas mamás cuando las chicas salen dignas de una portada “Tú” o “Seventeen” con minifaldas de una cuarta, leggins y botas ceñidas como mallas de circo y escotes a lo Scarlett Johansson, Paris Hilton o Salma Hayek? ¿Quiénes son las víctimas en todo esto, ellas o los padres?  Es irremediable, los muchachos se van solos con sus amigos y con el dinero de los papás, a comprarse la ropa, y cuidadito se le ocurre a la pola de la madre ni tan siquiera insinuar que los acompaña, ¡Jesús! ¡Qué ridículo!  Y allá va la platilla, esa que nos cuesta horas y horas de trabajo, quizás cogiendo bus bajo la lluvia o el sol, u horas de atascamiento en medio del tráfico.  Algunos verán con alivio y buenos ojos la “independencia” que no tuvieron en aquellas edades. Otros, se quedarán hechos un dos y un tres, porque “no los quisieron llevar” sus hijos.

Da risa. Da lástima. Da horror.  Mientras tanto, insisto, con nuestra aprobación, navegan por internet en busca del siguiente “evento” al cual ir, si no a hacer, a ver, cómo se emborrachan, devuelven el estómago o fuman mariguana sus más allegados amiguitos, esos que vimos crecer y todavía imaginamos que tienen cinco añitos, con los cuales andan en una “fiestita”, no sabemos bien dónde, pero después de la cual más de uno se queda a dormir donde tal o cual, cuyos padres (ya lo saben) no “joden” cuando los recojen semiinconscientes para llevarlos a dormir la “mona” y así mal disimular la trasnochada.

Por favor, no me vengan a decir que los papás no saben ni adivinan.  No me digan que les tienen miedo a los hijos y a ponerle límites.  No me digan que están esperando que alguien haga algo (como el colegio) para detenerlos porque ellos no pueden. “No” es una palabra corta con muy claras consecuencias. “No” es lo que necesitan las chicas cuando llegan a la casa con semejantes indumentarias. “No” es la palabra precisa para esas alcahueterías en donde lo que no se sabe se aprende a muy tempranas horas.  “No” es la palabra bendita, la que jamás debe borrarse de nuestro vocabulario de padres, mientras dejamos que llegue el tiempo y la capacidad neurológica y emocional de enfrentar, a su hora, la vida.

Qué negocio tan funesto pero tan bien sustentado por el temor y la vergüenza de los padres a quedar como ridículos y pasados de moda, mejor ser “cool” y sentarse a ver las fotos que tomaron en el lugar, reírse con ellos o hacerse los brutos, total, mientras en los establecimientos comerciales nos convencen de que vender licor a menores es un delito, por la otra puerta, se organiza un “evento”, se conoce muy bien a los “líderes” que los organizan y ninguna, pero ninguna autoridad se asoma por esos lugares a hacer una buena redada.  Será que no saben qué es Facebook o, peor aún, no leen el periódico.

 

Trabajo por objetivos

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Una nueva moral

El trabajo por objetivos es una estrategia que surge, primordialmetne, en la era tecnológica.  Trabajamos en un proyecto para lograr un objetivo, no importa si le dedicamos 24 horas para lograrlo o solo 5 por día, la cuestión es tenerlo terminado dentro del plazo establecido.

Lo duro es que, a partir de ese lineamiento, va nuestra psicología, amarrada a la consecusión de un fin, sin detenerse en los medios.  De este modo, estamos extrapolando una metodología bastante efectiva hacia otras áreas en las cuales, a primera vista, pareciera funcionar de maravilla:  nuestra meta es un carro nuevo, pues bueno, hagámoslo realidad con un “tarjetazo”.  Nuestra meta es arreglar la casa, renovar el guardarropa, viajar a otro continente, asistir a las olimpiadas, comprar un celular 4G, una laptop, unos zapatos de diseñador… la lista bien podría no tener fin.  Y allá vamos, a conseguir esas “metas” sin fijarnos muy bien en los medios, la cuestión es lograrlos, satisfacer esas ansias locas.

Pero resulta que no solo en las áreas privadas pareciera que se estableciera dicha forma de trabajo.  También, a gran escala, en nuestro medio nacional, prevalece ante nuestras narices.  En mala hora surgen proyectos, antes fruto de reflexiones, ahora resultado de aparentes urgencias.  Me asombra ver, por ejemplo, cómo, ante el espejismo de contar con un estadio majestuoso, hemos cerrado los ojos a lo que nos compromote.  Estamos logrando un sueño, ese es el fin, pero de paso estamos ignorando el aleteo de tiburones.  Ante la necesidad de una carretera, ahora sufrimos el horror de Caldera, una carretera de vieja traza pero construida sin previsiones o estudios de impacto actualizados.  El fin era tenerla, pero no nos interesaron los pormenores, la obtuvimos y eso es todo. ¿Cuál de nosotros no la celebró y se fue de paseo para recorrerla?

Por otro lado, víctimas de ese afán desbordado de lucro que ha tomado dimensiones inconmensurables, alegamos los ciudadanos un estado horrible de inseguridad, ergo, plantean los “sabios” rectores de nuestra patria, nos encontramos en un estado de ingobernabilidad cuya consecuencia, absolutamente “lógica” apunta casi al restablecimiento del ejército y al “agilizamiento” de las decisiones lograda gracias a una muy propuesta, dudosa y enojosa connstituyente, que no sería más que una mal disimulada tiranía de los más poderosos, esos que en mala hora han obtenido el beneplácito internacional y, por ende, la admiraciónn nacional.

El 1º de noviembre, en su página 11, La República mostró un Hércules con grillos en ambas manos, así como en los tobillos. ¿Quién es ese? ¿Qué es lo que deseaban representar?  ¿Son esos poderosos actores políticos, cuya cabecilla sin duda es Rodrigo Arias (el poder detrás del poder que quiere pasar a tomar el poder) los que están tan amarrados? ¿Es nuestra Carta Magna el grillo que está atando la furia del monstruo? ¿Es esa pobre madre, cuyos pocos pero severos lineamientos (apenas de 200 incisos) ha tenido que sufrir 345 proyectos de ley para reformarla, y quizás, acabar con ella? ¿Dónde estamos y qué pitos tocamos en esa noticia los millones de costarricenses que somos, frente a diez nombres que cita a favor? ¿Será posible, que frente al proyecto de modernización del estado, cuyo objetivo último es dejarnos prácticamente  sin patria qué gobernar, no importen los medios sino el fin? ¿Estaremos tan hondamente afectados por la psicología tecnológica del trabajo por proyectos que no podamos percibir la catástrofe que se avecina solo por conseguir una cuestionada “agilización”? ¿Es esa nueva moral lo que nos ha otorgado lo que en ese artículo se llama “madurez política”?

No entiendo cuál ha sido la gran cosa con la consesión del Aeropuerto Juan Santamaría, un gran proyecto, si ahora tiene fallas manifiestas.  No entiendo cuál ha sido el gran beneficio de la concesión de la carretera a Caldera si ahora estamos sufriendo fallas espectaculares.  No entiendo cuál es la gran expectativa, si ya se ven los resultados de las dos anteriores, sobre la concesión de los puertos.  Miles de empleos iban a surgir del Tratado de Libre Comercio.  Algunos cientos de obreros veo yo que están trabajando en las maquilas modernas, hoy llamadas elegantemente Call Centers.

Lo que yo veo es una propaganda muy bien hecha, donde unos jóvenes muy sonrientes lucen su porte junto al nombre de compañías como Stream, Teletech, Ace Global o algo como “Multinational Company”.  Casi en su totalidad, reclutando a nuestros jóvenes, hambrientos de un salario rápido y posibilidades de crecimiento que luego son un espejismo, para que cuenten pronto con plata para gastar en la rueda del consumismo.

Uno de los últimos geniales proyectos es la apertura del mercado de las telecomuniciones, muchos lo esperan con ansias.  Lo que no se dice es que en Costa Rica pagamos las tarifas más bajas en la mensajería de texto casi que de Latinoamérica. Que pagamos tarifas de luz bajas, que toda la maquinaria estatal nos está, todavía, reteniendo una ola inmensa de aumentos que se harán realidad una vez que el mercado se termine de abrir y que, esas compañías, en este momento y con lo que pagamos, no encuentran atractivo nuestro país.  Pero se le echa la culpa al entrabamiento que suponen los mecanismos preestablecidos en nuestra maltrecha Constitución, el último recoldo de una mano amiga con la que cuenta el pueblo.

Parece inevitable.  El dibujito de Rambo que nos pusieron en La Republica me parece por momentos, listo a saltar de la página, al mejor estilo de los invencibles. Pero bueno, yo nací en esta patria, no en otra.  Una cuyo objetivo final se ha visto socabado por sus propios hijos, hoy enceguecidos por el signo de dólar, la producción y el consumo a toda costa, no importa si de camino nos prostituyen a las niñas, no emborrachan y drogan a nuestros adolescentes y nos seducen a los adultos con bellas luces y alucinantes promesas que nunca llegarán a cumplirse.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nancy Chaverri Jiménez, una educadora herida de muerte

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Desde que se perpetró el terrible atentado en contra de la vida de la educadora Nancy Chaverri Jiménez, directora del Colegio Montebello, no ha pasado un momento sin que yo eleve mi pensamiento y mis súplicas por esta educadora.

¿Quién de nosotros, educadores,  no se ha sentido tocado, en lo más profundo?  Creo que cada uno se siente identificado, en estos aciagos momentos, con Nancy.  Ella, quien al ser atacada físicamente, hoy se encuentra postrada debatiéndose entre la vida y la muerte, también ha sido lesionada en su ser más íntimo y superior, pues su lesión fue causada por un alumno.  Si partimos del hecho de que para una gran mayoría de los educadores, los estudiantes son como hijos, entonces lo que hizo este muchacho equivale a un matricidio.  ¿Cómo sanar, entonces, estas terribles heridas, estas zanjas, que, como lo dice César Vallejo en una de sus poesías, son abiertas por verdaderos heraldos negros?

Para la Costa Rica responsable, para la Costa Rica serena, estos heraldos traen noticias abominables, traen espejos en donde se nos obliga a mirar rostros que no deseamos ver. Acarrean dolor e incertidumbre.  Amenazan nuestra raíz más profunda, una raíz que, desgraciadamente, se está alimentando de aguas tóxicas.
Desde el punto de vista puramente educativo, y en específico, de  la enseñanza privada, yo desearía, con fervor, que se estudiaran los currículos saturados, por cuyos laberínticos recovecos, los buenos estudiantes conocen, antes de tiempo, gastritis crónicas; en donde, desde temprano, algunos (esos estudiantes buenos y otros que no lo son) encuentran en el licor un rápido antídoto para el olvido transitorio de sus deberes (jamás conclusos) o de sus fracasos (a la orden del día).  Eso si no en drogas (legales, como el cigarrillo, o peores). Todo bajo el auspicio del dinero paterno.  Y por ese mismo laberinto caminamos los profesores, corriendo por cumplir el plan de estudios, pensando en nuevas estrategias, tratando de “ponernos al día” con la tecnología, obteniendo créditos académicos para mejorar salarios, etc. ¿A quién o a qué apunta esta loca carrera?  No sé por qué, al final del túnel, y como respuesta a una pregunta aparentemente retórica, me parece vislumbrar un signo de dólar.

Algo parecido debe pasarle a los profesores en la educación pública, quienes batallan con aulas de hasta 45 estudiantes.  Estos, tal vez no gozarán de la plata fácil de papi y mami, o del celular regalado, o la última compu, pero muchos ya han encontrado otros medios para conseguirlos, ya sea trabajando (lo cual no debería ser), o, en el peor de los casos, robando (de lo cual no se excluyen los de clases altas tampoco).

Sin embargo, el centro educativo que no ofrezca cursos avanzados para la universidad, se queda atrás en la lista de los favoritos.  El que no llene académicamente de deberes, trabajos, proyectos, enseñe de todo y más, no es una buena opción para los padres de familia, quienes, enceguecidos por las vitrinas del consumismo, deseamos que nuestros hijos tengan las bolsas llenas de dinero, aunque su corazón esté dormido; posean destrezas tecnológicas mientras la conciencia, esa vieja compañera de camino, desaparece entre chips, recetándole un cómodo “delete”.

Mientras tanto, Nancy sigue postrada. Su futuro, hasta hace pocos días prometedor, hoy es incierto.  Un alumno bajo su cargo y dirección, uno de esos a quienes todos los profesores conocían por su nombre y apellido, saludaron cada mañana, corrigieron apegados a un reglamento, exigieron de acuerdo con los lineamientos de la institución, ese, planeó su muerte.  Fue que le salió mal.  Este muchacho, hijo de una familia promedio, de nivel medio-alto, a todas vistas “cuidado”, ese, fue capaz de tomar un arma, guardarla en su bulto, pasearla todo el día por el colegio, de aula en aula, para, después del último recreo, dispararla en la sien de la Directora de su colegio.  ¿Cómo va a recuperarse de esta tragedia, física y emocional?

Nuestra juventud vive tiempos aciagos.  Estos tiempos son producto histórico.  Entonces, leamos correctamente.  Entendamos lo que está pasando a través de una lectura efectiva y eficaz de los hechos que se han dado en países a quienes hemos copiado los modelos de desarrollo.  Hemos sido lo suficientemente ingenuos como para pensar que copiaremos dichos modelos de forma aislada, pero que las consecuencias serán otras. No.  Las consecuencias son similares, por no decir exactas.  Hoy nuestros jóvenes, que hasta hace poco vivían en casa hasta el matrimonio, se están yendo cada vez más temprano.  Escuché en el bus ayer, a una joven universitaria que comentaba cómo su amiga, a los 17 años, se había ido de la casa, y todas sus interlocutoras lo celebraban abiertamente con palabras como: dichosa, así debe ser, qué rico.

Ahora, nuestros jóvenes se casan menos.  Se juntan para ver cómo les va, y eso se celebra.  Observo cómo en muchos hogares, de fuerte arraigambre católica, se les deja a los hijos sin bautizo para que ellos “escojan libremente” lo que quieren ser cuando estén grandes.  Y esos muchachos, hoy adolescentes, están escogiendo … NADA, quieren ser “nada”.  Estos muchachos están en nuestros colegios, son amigos de otros adolescentes, se vuelven “cool”.  Todos quieren ser Hanna Montana, vestirse así, vivir así. O ser Lindsay Lohan, hoy presa por manejar borracha. Tener carro a los dieciséis y “volar lejos” (espero que no directo a un precipicio).  Se alimentan de programas como “Sweet Sixteen”, donde padres absurdos se parten el alma por regalarles a las hijas una fiesta digna del mejor show de Las Vegas (y así se visten).

Nuestros muchachos están viendo “Madre a los 16”, en un intento disparatado de mostrar las frustraciones que acarrea ser madre a esa edad. Pero, ¿qué están, en última instancia, entendiendo nuestros adolescentes? ¿Que le pasa a mucha gente? ¿Que se puede, y de hecho, se sobrevive a este tipo de situaciones? ¿Que la mayoría de los hombres “huyen” y aún así las criaturas pueden tener una “vida”?, no sé, para mí es una incógnita y creo que ningún adolescente debe ver este tipo de programas sin supervisión y, menos, sin discutirlo con un adulto responsable.

Nuestros estudiantes están viendo (y leyendo) “Sin tetas no hay paraíso”, pero ¿con qué criterio?  Siguen telenovelas de adultos, con narcotráfico incluido.  Escuchan música que altera al más cuerdo.  Ven pornografía bajo nuestras narices.  Y, con las cámaras de sus laptop están haciendo desafueros.  Por decenas, nuestros jóvenes no se suman a celebraciones religiosas en el colegio, alegando que no son católicos (¿irán a las celebraciones de otras religiones?).  No quieren saber nada de valores y los adultos no sabemos cómo abordarlos.  ¿Será que a muchos les parecen también aburridos? ¿Será que muchos tienen miedo o están inseguros? ¿Será que los  programas de muchos adultos, padres y profesores, son Sex and the city, Desperate Housewives, Los caballeros las prefieren brutas, America’s Next Top Model, 30 rock, o algo por el estilo?

La condición de Nancy, desde su cama de hospital, desde cuidados intensivos, nos lanzó una advertencia para que despertemos, y es algo que debe estar en las agendas de cada colegio, de cada profesor, al regreso a clases.

Con enorme pesar, tengo que agregar a esta estrada, que hoy, 11 de julio, Nancy murió.  Gracias a Dios, creo adivinar que nunca supo qué le pasó, seguramente, solo sintió que una luz se apagaba, sin pasar por la cruel conciencia  de que uno de aquellos a quienes amó, uno de aquellos por los cuales decidió apostar su vida profesional, en un acto  infame, le puso fin a sus sueños y a sus proyectos.

Descanse en paz esta educadora, porque a nosotros, los que seguimos en esta lucha, nos tocará no dejar de creer, seguir amando nuestra labor y a nuestros estudiantes,  sin temor, como sin duda ella nos hubiera aconsejado.

Adiós, Nancy, jamás te olvidaremos.