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Cómo llegar a Monteverde, Costa Rica

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Solo  para locos

He aquí que, como buena tica, la recomendación de utilizar un 4×4 para ir a Monteverde me pareció exagerada. De hecho, ese pequeño detalle excluye de inmediato, yo diría, al 90% de la población costarricense, la cual carece de ese tipo de vehículo, pero, claro, no a mí (error 1) ni a otros  locos como yo que de seguro tampoco han hecho caso a la advertencia.  Sin embargo, debo admitir que es una BUENA advertencia.

Muy entusiasmados por la idea de visitar un lugar desconocido, tomamos la Guía Columbus.  Claro, como el anuncio.  Aunque en ella no aparece la moderna autopista a Caldera, no era necesario, pues el punto que más nos interesaba, o sea, la entrada, estaba sobre la carretera 1, la Interamericana.  Yo me fijé que había que entrar en Sardinal, llegar a Guacimal y ahí doblar hacia Santa Elena.  Eso, digo, lo vi de pasada sin memorizarlo, pues estaba segura de que la tal guía era lo primero que estaría en el carro al día siguiente (error 2).  Habíamos hecho las reservaciones en un céntrico hotel para evitar, cautelosamente, algún tipo de imprevisto.  La reservación la imprimí, y, lógicamente, su destino era mi cartera (error 3).

Tuvimos buenas ideas, no voy a negarlo.  Empacamos ropa para el frío, zapatos para caminar, golosinas y la infaltable hielera.  Mucho entusiasmo y poco contenido.  Al salir de San José ya notamos que el error 2 se evidenciaba.  Pero la memoria fresquita de mi marido nos devolvió la calma, pues recitó de memoria el camino y hasta el nombre de los ríos que íbamos a atravesar.  Este error será el 2.1, en honor a la frágil memoria cartográfica.

Nos fuimos por la autopista a Caldera, sin más problema que la salida de vía de un auto cuyo efecto mirón provocó una presa.  Cuestión de nada, es decir, hasta ahí todo era delicia.  Cuando ya entramos a la interamericana, empezamos a repasar ¿era la entrada a Sardinal?  A esas alturas, ya nos entraba la duda y los nombres de los ríos yacían en el olvido.  Yo  recordaba Ciruelas, y esto porque me pareció raro ese nombre tan lejos del Ciruelas de Alajuela. Así, empezamos a leer cada letrero, por ejemplo del restaurante El Caballo Blanco, y de Cuenca.  Lugar este último que resultó ser un gran establecimiento comercial, o al menos eso me lo pareció a mí, por el rótulo de siete metros que rezaba “CUENCA”.  Seguimos, todavía no era Sardinal. Finalmente, llegamos y nos enfilamos hacia el lugar.  Pocos metros después, nos encontramos con uno de esos puentes de tablones que le quitan a uno las ganas de seguir, pero ¿es que por aquí pasan los buses?  Poco después, cuando nos topamos con uno, tuvimos la leve certeza de una respuesta afirmativa, a no ser, por supuesto, que haya una,  del todo desconocida, vía alterna.  Hasta ese mometo, nos iba siguiendo un Hyundai blanco, y comenzamos a hacer bromas sobre los famosos asaltos en los cuales, tiempo atrás, parecía estar siempre involucrado un Hyundai gris.  Por lo menos este era blanco.  Reímos.

Una vez en Sardinal (conformado por un pequeño grupo de casas, la pulpería, el taller y algunas cosas por el estilo) seguimos hacia Guacimal.  Qué carretera más buena, totalmente asfaltada, con curvas sinuosas y subidas empinadas pero en excelente estado.  Ya decía yo que las advertencias del 4×4 eran súper exageradas. Llamaré a esto la ilusión de Alicia, íntimamente relacionada, por supuesto, con su consecuente error 1.

Guacimal nos pareció un lugar próspero, interesante, y eso nos animaba, a pesar, claro, de que la Guía Columbus nos hubiera tranquilizado más.  La dicha, gloriosa dicha, estaba pronto a expirar.  Nos encontramos con un letrero de “Santa Elena, 18 km” hacia la derecha.  La carretera forma, en ese punto, un codo, como queriendo esconder la vergüenza que se avecinaba:  el camino de lastre.  Pero bueno, ante el impacto del cambio, vi instintivamente el espejo retrovisor y noté que el Hyundai quedaba frenado en el punto exacto donde se iniciaba el camino.  Sentí  pena por el conductor.  Tonta de mí, pues la pena tenía que sentirla por mí y por mi carro, un automóvil que jamás había rodado por una carretera semejante.

Confieso que me envalentoné, de pronto, se me salió un instinto tipo Tarzán.  Un instinto de supervivencia, de lo voy a lograr y de no voy a aceptar que me lo advirtieron, y de lo voy a lograr.  Seguí, sentía la irregularidad del terreno y cómo vibraba el volante.  Empecé a escuchar las quejas de mi marido, que, de hecho se convirtieron en un malestar que involucraba los gobiernos de los últimos cuarenta años, lapso que había pasado desde su último viaje a Monteverde.  Mientras tanto, entre el sonido de la radio, ya con bastante interferencia, la inquietud de mi esposo y el silencio atormentado de nuestra hija, yo, la Tarzán, Jane o no sé si Chita, continuaba, a cero kilómetros por hora,  aferrada al volante.  Cuando mi esposo me dijo “no vaya tan rápido”, podrán imaginar que el patatús casi acaba conmigo.  No voy a inventar una actitud paciente de mi parte, pues sería mentir, más bien, siento que en ese momento fui aguerrida.

Si hiciera una lista de los comentarios del momento serían algo como: qué calle, qué horror, ¿vamos bien?, ¿cuánto falta?, uy, viene un carro, frene, qué ironía (rótulo de 40 km velocidad máxima), esto es una burla, devolvámonos, etc.  Por supuesto que faltaban para llegar entre 10 ó 12 km.  Yo me fijaba en el kilometraje y contaba mentalmente “32 + 18 = 50” pero el 50 no llegaba nunca.  La pesadilla continuaba.  Uno de mis hijos me había hablado de que había unos guindos bastante impresionantes sin baranda ni protección alguna.  Iba tan concentrada que no vi ni uno.  Iba tan demolida sufriendo por los compensadores de mi carro que no vi el Golfo de Nicoya que se abría a mi izquierda en más de uno de los recodos.  Iba con tanta adrenalina que apenas si noté que frené en cuesta y en terreno pedregroso (una de mis peores pesadillas), pues no cabían dos carros en la vía.  En mi mente repasaba “32 + 18, 32 + 18” y el resultado se me nublaba en la mente, ¿42? NO, faltaban todavía 9 (para mí 9000) Km.  Frené.  Era la entrada a una finca y frené.  Salí del carro.  Las piernas me vibraban o me temblaban, no sé.  Me saltaron las lágrimas.  No lo iba a soportar más.  Otros 9 Km en esa situación.  Pero no había vuelta de hoja.  Había que seguir.

Finalmente, olvidé el kilometraje y me concentré en esperar que, por arte de magia ( la ilusión 2 de Alicia), en alguna curva, empezara el asfalto.  Pero eso no sucedía.  Un enorme letrero nos devolvió momentáneamente la respiración “Bienvenido a Monteverde” (después de todo, no íbamos para el infierno).  Fue un viacrucis sin estaciones, un auténtico viacrucis.  Y como todo, tuvo su fin.  La anhelada calle asfaltada apareció, y con ella, el pueblo.

Puedo decir sin reparos que Monteverde es una joya.  Una esmeralda con montadura de lata vieja.  No puedo recordar ningún lugar que me haya devuelto la paz y la sanidad como lo hizo ese lugar.  La llegada solo puedo compararla con un parto largo y difícil, el cual se olvida cuando uno tiene, finalmente, la criatura más bella y más tierna entre sus brazos.  Disfruté cada momento ahí.  Me gustó la alegría de la gente, la pequeñez del pueblo marcada por unas cuantas calles asfaltadas, la transparencia del aire, la solidez de la montaña, la transparencia de las aguas, la bruma, cómplice de las alturas, los senderos, el canto de los pájaros, la infraestructura turística, todo.

Omito decir que, gracias al error 3, tuve un pequeño roce en el hotel, pues en apariencia debía pagar de nuevo.  Sin embargo, no pasó a más.  Ahí la gente es servicial y alegre.  Y estoy un tanto confusa.  Por un lado, quisiera que una súper carretera como la que llega hasta Guacimal, nos llevara cómodamete hasta Monteverde.  Pero por otro lado, me da miedo que el fácil acceso sobrepase la capacidad del lugar, sature las calles, desestabilice la apacible quietud de los ecosistemas autoregenerativos de su naturaleza y se inicie el deterioro.

Voy a regresar a Monteverde.  La próxima vez, con conocimiento de causa, seré más respetuosa de las sugerencias y, si no en carro alquilado, iré por lo menos en bus.  Con mi marido, ya más tranquilo, planeamos alquilar unas cabinas con vista al golfo y abandonarnos en las manos de este santuario de una Costa Rica que yo creí desaparecida.  Quien desee tomar este mismo camino, hágalo.  Es solo para locos que deseen recuperar el respeto por la grandiosidad que encierra nuestro país.

San José, Costa Rica,parte I

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Desde mis ojos, una turista nacional

Mi hija tuvo la genial idea de teletransportarnos a un espacio desconocido ampliamente desvirtuado por nosotras:  San José, nuestra capital.  Como hemos tenido la experiencia de haber visitado algunas de las grandes ciudades del mundo, me hizo la propuesta de abrir los ojos de manera diferente y caminar en dirección a San José, así, literalmente, desde nuestra casa hasta el centro.  Confieso que siempre he visto San José como una ciudad bastante ruinosa, decadente, fea.  Pueden llamarme como quieran, antipatriota, odiosa, lo que sea, y tendrán un poco de razón.  Así es que la idea, un tanto aborrecible, me resultó tentadora.  ¿Por qué acudimos a otras capitales y nos llenamos de asombro? ¿Por qué no volvernos “turistas” por un día en nuestra propia ciudad?  Porque es muy común que hasta lo feo le parezca a uno bonito cuando anda paseando, o, al menos, interesante.

Fue así como quien dice, sombrero en mano, iniciamos el recorrido.  En primer lugar, y casi sin querer, pasamos por mi Facultad de Letras y tomamos la primera foto en la entrada del mural. Nada feo, ¿cierto?

Mural de la Facultad de Letras, Universidad de Costa Rica

Muy cerca de esta Facultad, está el Monumento a la Bandera, al cual, por cierto le debo un artículo aparte.  Hasta allá nos desplazamos, patrioticamente embrujadas por su encanto (nada como ver ondear la bandera de nuestro país).

Seguimos el camino hacia la Facultad de Derecho, buscando un cruce peatonal, y descubrimos un lindo bajorelieve abstracto, ubicado justo  en la entrada oeste de la UCR; y en la pared del edificio de la Facultad de Derecho, el gran mural relativo a los diversos derechos que ostentamos en nuestro país.  Hermoso.

Proseguimos nuestra ruta y llegamos al Museo Histórico Rafael Calderón Guardia, donde, fieles a nuestro objetivo, entramos y leímos todo lo referente a ese Benemérito de la Patria.  Nos lamentamos del hijo que tuvo, el cual, a pesar de haber alcanzado la silla presidencial, hoy se encuentra descontando una pena con la justicia.

Ahí, muy cerca, se encuentra la Iglesia Santa Teresita, una iglesia muy gustada en el pasado para celebrar matrimonios, aunque haya perdido alguna popularidad.  Muy bonita, la tienen muy bien cuidada. Siguiendo un poco más hacia el oeste, nos encontramos con una avenida de árboles muy antiguos, con los cuales siempre había querido fotografiar.  Pues claro, era el día de hacerlo.

Seguimos la ruta hacia el Parque Nacional, ahí nos esperaba el Monumento Nacional de Costa Rica, un mural sencillo pero colorido, la Biblioteca Nacional y el Monumento a la Libertad Electoral.  Todos dignos de ver.

En perspectiva, el “boulevar de Johnny” como se le llama debido al impulsador de su creación , Johnny Araya, no resulta nada desagradable, por lo cual, lo hicimos merecedor de una foto, junto con el atrio de la entrada a la Biblioteca Nacional.

Seguimos hacia el oeste, hacia el Museo de Arte Contemporáneo, donde estaba una exhibición muy interesante sobre diseño responsable.  Gente tomando acción sobre una propuesta que solo está en la cabeza de muchos:  hacer de San José un espacio vital.  Al entrar, nos advirtieron que podíamos tomar fotos, sentarnos en las hamacas y sillas y tocar todo lo que se nos antojara.  La idea nos encantó, y pusimos manos a la obra, disfrutando de cada una de las propuestas de diseño expuestas para goce de los visitantes.  Afuera, el reloj de sol tan característico de este edificio.Reloj de sol, Museo de Arte Contemporáneo de Costa Rica

Las fotos interiores resultaron muy hermosas.

Todo lo encontrado era amigable con el ambiente, esta hamaca hecha con el plástico que sujeta las latas de refresco o cerveza estaba genial.

Encontramos diseños atractivos, como bolsos inspirados en la flor “ave del paraíso”, joyas o propuestas arquitectónicas novedosas.

La silla cambiante estaba genial, pues se puede modificar.

Una vez afuera, cruzamos la calle hacia el Monumento a la Libertad Electoral.  Cobra significado porque estamos a la puerta de las elecciones nacionales.  En realidad, no sabía que existía aunque he pasado muchas veces por esa esquina.

De este monumento hacia el oeste, sigue el Parque España. Tomé una foto de la calle viendo hacia el este.

Una vez ahí, tomamos varias fotos, incluyendo la de la antigua Fábrica de Licores de Costa Rica, que hoy aloja al Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes.

Antigua Fábrica de Licores, San José, Costa RicaAntigua Fábrica de Licores

Encontramos, en el Parque España, una escultura de la Reina Isabel la Católica, obviamente.

Y, ¿por qué no?, al conquistador españolMonumento a Isabel la Católica, Parque España, Costa RicaEn el mismo parque, en la esquina noreste, una pequeña edificación de arquitectura primorosa, siempre me ha asombrado y al fin la tengo en foto. También encontramos dos esculturas, una de las cuales era del famoso tres veces presidente de Costa Rica,             don Ricardo Jiménez.

Al frente, La Casa Amarilla, o Cancillería de Costa Rica.

En la esquina suroeste de la Cancillería, nos encontramos de frente al Instituto Nacional de Seguros, donde hay una escultura muy hermosa, y en su esquina suroeste, a diez metros, pudimos apreciar el Edificio Metálico, de arquitectura singular, como su nombre lo dice, todo de metal.

La entrada principal del Edificio Metálico,da a un parquecito adornado con una hermosa fuente, donde encontramos

un collage de la sombra de una niña  y,muy cerca de él,

un mural alusivo a la protección ambiental.  Todo nos resultaba interesante, y no requería que camináramos mucho ,pues  todo está en cuadras aledañas.

Desde ahí, pude captar el edificio del Hotel Aurola Holiday Inn San José, cuya arquitectura de diseño moderno contrasta de manera interesante con la del Edificio Metálico.

Finalmente, nos encontramos con el Parque Morazán, en en el cual se encuentra el Kiosko, y algunas esculturas de personajes históricos,

como la del expresidente Daniel Oduber, y el Libertador Simón Bolivar. Resultó un espacio interesante para descansar brevemente, tiempo durante el cual pudimos observar las rondas de policías municipales, lo cual  daba un aire de gran seguridad.

Nos hizo una tarde hermosa, de las que hacía tiempo no se veían debido a varios frentes fríos.  Pero ya a esas alturas, mi entusiasmo había crecido lo suficiente como para sentir ganas de continuar la ronda y bajar un poco hacia el Barrio Amón, donde hay edificaciones muy hermosas y antiguas, algunas de las cuales son ahora hoteles, como el llamado Ernest Hemingway.

Al igual que este, existen otros semejantes, los cuales resultan en un ambiente muy cuidado y lleno de tranquilidad.  Prosiguiendo el trayecto, subimos una cuesta, hacia el este de nuevo, y encontramos unos pintorescos mosaicos alusivos a obras del autor costumbrista costarricense Aquileo Echeverría Al final de esa acera, el Hotel Don Carlos nos permitió refrescarnos un poco, en un ambiente muy tranquilo, relajado, sumamente agradable y con precios muy baratos.  Los numerosos turistas extranjeros nos hicieron sumergirnos aún más en nuestra gira, como si fuéramos uno de ellos.  Todos andábamos armados de nuestras cámaras, captando sitios y momentos inolvidables. Escuchábamos sus conversaciones en inglés y francés.

La tarde había avanzado y estábamos ya un poco cansadas, razón por la cual iniciamos el regreso a casa, dispuestas a llegar caminando.  Para eso, nos enfilamos hacia el sur, y, a pocos pasos del Hotel Don Carlos, me encontré con unos mosaicos de Don Quijote de la Mancha, realmente hermosos.  Como el Quijote es un libro que amo, me sentí muy impresionada y, claro, tomé las fotos respectivas, segura de que las usaré para mis clases.

Alojado en un antiguo cuartel antes de que se aboliera el ejército.

En pocos minutos, llegamos al Museo Nacional, donde logramos una toma panorámica muy buena,y,  a un lado del Museo, observamos la Asamblea Legislativa. Nuestra aventura tocaba a su fin, como la batería de mi cámara, la cual expiró.Así acababa un día singular, en el cual nos habíamos enfrentado con otra actitud a una ciudad que nos brindó, ingenuamente, otra perspectiva de sí misma.  Caminarla fue interesante e instructivo, San José nos susurró al oído y estuvimos receptivas a escucharlo.  Hubo tránsito, transeúntes.  Era un viernes, pero no nos sentíamos acongojadas pues estábamos de vacaciones. Habíamos recorrido el norte de nuestra capital, el cual apenas si rozamos. Si bien no puedo decir que San José sea una ciudad cosmopolita o encantadora en toda la extensión de la palabra, su aspecto se abrió ante mí de manera fresca y sencilla.  Fue como si ambas nos miráramos la cara al amanecer, ese momento en el que no se esconde nada.  Creo, honestamente, que vale la pena recorrerla y lo voy a volver a hacer pronto.

Diez preceptos para un buen profesor

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Leí recientemente un libro titulado Llamando a las puertas del cielo, de Jordi Sierra I Fabra.  Un libro de literatura juvenil muy interesante y valioso, en el cual me topé con los 14 mandamientos del cooperante, cuya autoría se la atribuye Sierra a Víctor Viñuales.  Esto me hizo reflexionar acerca de sus propuestas, claras y sencillas, las cuales he decidio sintetizar y, en algunos casos, adaptar, como diez preceptos para un buen profesor.  De ellos me encanta la palabra “contraparte”, al final, eso es lo que es un estudiante, nuestra contraparte.

En primer lugar quedaría:  Dejarás a la contraparte protagonizar el proyecto.  De eso se trata sencillamente, de que el alumno se adueñe de tu propuesta y sea él quien la lleve a cabo.

Segundo:  Estimularás la autoestima de la contraparte.  Así de fácil, tú lo puedes hacer, vas bien, no dejes de intentarlo de nuevo.

Tercero:  No ayudarás a quien no se ayude a sí mismo.  Pues bueno, por ahí anda la motivación con la cual lo hayas alimentado, no se trata de andar por ahí regalando notas.

Cuarto:  Atenderás el proceso, es fundamental. No basta una explicación, ni dos, tal vez tres y más, tendrás que buscar la manera de darte a entender. Sigue con entusiasmo el desarrollo de lo que le has propuesto a la contraparte.

Quinto: Comprenderás la cultura del otro.  ¿De dónde viene este estudiante, cuáles son sus valores, sus estrategias, sus temores? ¿Cómo ve el mundo, la sociedad, el entorno, a sus compañeros y maestros?

Sexto: Evitarás el egocentrismo en tus análisis y en tu conducta. ¡Ay, que no se escuche tanto “yo, yo, yo”, “mi, mi, mi”, “me parece, pienso creo, estoy seguro”!

Sétimo:  No impondrás, pero no lo aceptarás todo. Claro, estamos educando, somos formadores, hay límites, apliquémoslos.  No hay que temer.

Octavo: Serás puente, traducirás dos lógicas.  ¿Cuántas veces debemos luchar para entender qué es lo que no entiende un estudiante?

Noveno (dos en uno, hice trampa): Descubrirás que enseñar es aprender y que la meta no es ser querido. Aprender que estamos aprendiendo, no enseñando, es una lección muy dura para algunos, pero es necesaria.  Este proceso puede doler a todos, sobre todo a los menores, por eso muchas veces no seremos queridos.

Décimo: Te convencerás de que la finalidad de la enseñanza es desaparecer.  Eso, para muchos, no es la finalidad, sino que la entienden como una  “fatalidad” y eso le da un toque cruel, desventurado.  Es mejor convencerse de que así debe ser, debemos desaparecer, disolvernos en el inconsciente de nuestra contraparte, eso solamente significa que nos hemos fundido de manera esencial y permanente en su espíritu.

Esto queda para quienes deseen reflexionar sobre mi punto de vista acerca de lo que debería hacer como guía y principio (entre otros cientos de aspectos), un sencillo buen profesor.

Creatividad en el aula

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¿Qué estoy haciendo al respecto?

Me resulta un poco inquietante que la batalla diaria con los muchachos en clase me opaque la visión de que ciertos jóvenes aprenden de diferente manera.  Una de ella es la kinestésica, quizá de las más molestas para un profesor, porque, la verdad, no sabemos qué hacer con un estudiante inquieto si no es un “¡Quédate sentado ya!”.

Sin embargo, hay un recurso a mano, y es pensar de otra manera.  Por ejemplo, deseo poner en práctica este año 2010 una división por inteligencias en mi clase , de manera tal que los estudiantes se anoten en grupos de acuerdo con alternativas distintas de manifestar los contenidos.

Veamos. Como sé del grupo de bailarinas, cuando leamos un cuento,

ellas van a tener que representar los contenidos del cuento…

bailando, es decir, mediante una coreografía,

para lo cual tendrán que justificar la música, los movimientos y el vestuario,

ya que en el texto visual todo tiene un significado.  Para los estudiantes lingüísticos, existe la posibilidad de presentar su trabajo escrito, los visuales una representación gráfica, los músicales una canción, etc.

Solo se trata de abrir los espacios y las posibilidades.  El trabajo mayor está en que las lecturas se deben hacer en casa, así como el estudio de otros temas, pues no quiero supeditarme a la literatura, sino que deseo incursionar en la morfología y la sintaxis.  Son mis estudiantes los que me van a explicar su forma de asimilar los contenidos.  Cuando cada grupo presente su trabajo, el resto de nosotros lo estaraçá evaluando. Eso es muy común ahora con los reality shows y los concursos tipo American Idol, los muchachos están acostumbrados a evaluar y a ser evaluados.  Claro que habrá problemas, se generará discusión y no sé qué otra serie de aspectos negativos encontraré de camino, pero siento que no puedo esperar más para lograr alcanzar a todos mis estudiantes y favorecerles la comunicación de su pensamiento y la demostración de su aprendizaje, porque no siempre es la que yo estoy pensando como correcta y definida.

Genographic Project

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Con todo esto de la gripe porcina y demás, me viene a la mente lo vulnerables que somos los seres humanos, lo cerca que estamos a pesar de todas las distancias, en fin, todo aquello de que, contra un enemigo común, los lazos solidarios se expanden. Después de todo, estamos esperando y confiamos en que haya gente trabajando para producir la vacuna contra este mal, estamos cooperando por el bien propio y, en consecuencia, por el general, extremando las medidas de aseo y de exposición a posibles fuentes de contagio. Todos, como especie, estamos en peligro.
Y, en medio de esto, me topo con un proyecto que talvez le sea familiar a los profesores de ciencia, pero para mí es bastante desconocido. Sin embargo, dicho proyecto también tiene que ver con las letras, escencialmente con la lingüística, ya que uno de los aspectos que toma en cuenta es la semejanza entre idiomas aparentemente disímiles. Me refiero específicamente al Genographic Project. A alguno le pudiera llamar la atención como a mí, y por tal motivo les dejo el enlace a partir del cual pueden iniciar su propio camino en busca de aquel primigenio núcleo humanodel cual, aparentemente, venimos todos. ¿Será que después de tantas vueltas nos vamos a encontrar con el clan de Adán o con la caótica Torre de Babel? ¿Será que, cual Santo Tomás modernos, tendremos que inclinarnos ante las evidencias científicas de que somos, ancestral y definitivamente “hermanos”? Este proyecto se las trae consigo y su misterioso resultado no deja de embelesar. Incluso, se puede encargar el “kit” para obtener las muestras en: http://shop.nationalgeographic.com/jump.jsp?itemID=2346&itemType=PRODUCT&path=1%2C2%2C108

http://www.facebook.com/pages/the-Genographic-Project/9008790861?v=wall&viewas=500426

SUBIR LA TORRE EIFFEL

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Este símbolo de la magnificencia ingenieril, de la extravaganzza, del diseño y del amor, no cobra su verdadera dimensión hasta que estás ahí.

Llegué a ella como un visitante más y la dejé como otro de sus amantes. Sin duda, el raro magnetismo que emana su estructura metálica va más allá de su intrincado encaje de acero. Bajo el peso de su volátil seducción, viví la experiencia de su llamado, como si un elíxir mágico me atrajera hacia cada ángulo de su silueta, tan sola, tan sencilla.

Ingenuamente pura, la avisté en una esquina desde la cual sabía que la iba a encontrar. Ahí estaba, esperándome. Se elevaba contrastando nítida bajo el cielo nublado. Estaba yo en París aquella tarde persiguiendo la certeza de un sueño y me fue cumplido entre los mil brazos de aquella inmensa torre.

Si algún día vas, no dudes en subir hasta su último tramo. Puede que sientas un poco ese temor absurdo a las nuevas experiencias que suele dar al viajero recatado. Olvídalo. Hay que dejar cualquier resquemor en la base de esta bella y seductora parisiense y escalarla para vivir la ciudad desde sus alturas.

París es una ciudad blanca, marcada por una estrella y solo desde arriba te das cuenta. Por eso, pegarse al suelo tontamente en ese momento inenarrable en que llegas a la Torre Eiffel no tiene sentido. Si llegaste hasta ahí ya nada puede detenerte. Es como si toda la ciudad encontrara su cénit en esta altitud de acero y yo asistí a ese encuentro.

Subí la torre por primera vez con un gozo infantil, y tanta gente estaba en el tercer nivel que se había cerrado el acceso, lo cual me sirvió de excusa para regresar al final de mi viaje.

Subí dos veces y, sin duda, hoy puedo asegurar que lo haría de nuevo. Símbolo de amor, de locura, odiada en un principio, amada. La Torre Eiffel resume entre sus miles de líneas el exquisito encanto de la seducción femenina y no hay quién se resista. París encontró en ella su gran compañera y esta pareja, a veces disoluta, a veces circunspecta, es una síntesis universal que solo se entiende cuando estás allí, la vives y te abandonas a ella.